Home/Historias/La transformación viene a veces en forma de terremoto

La transformación viene a veces en forma de terremoto

– ¿Es este el fin del mundo?
– No, pero se parece.

El martes lo iniciamos como cualquier otro. Nos levantamos temprano, trabajamos un rato cada uno en lo suyo y luego empacamos las maletas. El vuelo con destino a Guadalajara, Jalisco, salía a las 3:45 de la tarde.

Teníamos tiempo suficiente para dejar todo listo y limpio en el apartamento que había sido nuestra casa por un mes. Un espacio muy cómodo y con estilo retro ubicado en San Pedro de los Pinos, en la Colonia Juarez. El barrio era tranquilo y el montón de árboles que daban sombra y frescura a las calles recordaban un poco el verde de San José, así que resultaba hasta familiar.

Ya para entonces teníamos unos tres meses de vivir en la Ciudad de México y aún seguíamos descubriendo su magia, encanto, caos y locura. La dinámica de la gran ciudad poco a poco la íbamos entendiendo mejor y estábamos también en el proceso de acostumbrarnos a convivir con tanta gente. ¡Millones!

Este martes era especial: 19 de septiembre. Una fecha que vive en el inconsciente y consciente colectivo de los mexicanos. Tanto las personas que vivieron el terremoto del año 85, como las que incluso no habían ni nacido, tienen en sus células y ADN el recuerdo de cómo se estremeció la Tierra ese día.

Cada año justo en esta fecha, con la intención de conmemorar a las miles de víctimas que sufrieron durante esta tragedia, se realiza en la ciudad un simulacro que guía y enseña a las personas qué hacer en caso de que se presente un sismo.

A las 11 de la mañana se activaron las alarmas sísmicas que se ubican alrededor de toda la ciudad. Empresas, instituciones públicas y muchas personas acataron la señal y realizaron el ejercicio. Muchos otros no lo hicimos y nos limitamos a grabar con el celular la reacción de la gente en las calles, mientras el horrible sonido de la alarma empezaba a tener un tinte de presagio.

A la una de la tarde ya las maletas estaban listas. El apartamento estaba en el tercer piso de un edificio alto y algo viejo. Bajamos el equipaje y yo me quedé abajo con don Pascual, el portero, mientras Carlos verificaba en las habitaciones que no dejáramos nada olvidado. Todo en orden, cerró la puerta.

A la 1:14 de la tarde se asigna el Uber que nos llevaría al aeropuerto y en cuestión de segundos sentimos la vibración que transformaría todo.

Los que me conocen saben que me dan miedo los temblores. Los que me conocen muy bien, saben que es horror. Así que en el momento en que inició el terremoto lo primero que pensé fue: “esto no está pasando. Es una horrible pesadilla”.

A la 1:15 p.m. se registra el sismo de 7.1 grados en la escala de Richter. El epicentro del sismo fue en el límite estatal entre los estados de Puebla y Morelos, a unos 120 km de la Ciudad de México. El movimiento de tierra que sentimos este día no lo puedo comparar con ningún otro que haya sentido antes. Los edificios se movían como si fueran de cartón y las calles de San Pedro de los Pinos se ondulaban como si fueran olas en el mar. El sonido de la ciudad vibrando no puedo ni empezar a explicarlo.

Abrazados casi en media calle solo podíamos esperar a que terminara. Fueron minutos que parecieron eternos. Esta vez la alarma sonaba, pero no estábamos ensayando nada.

Al fin terminó. Todo volvió a la quietud pero no se sentía paz ni tranquilidad. En el ambiente se podía percibir y sentir el miedo, la ansiedad y sobre todo la confusión.

La gente empezó a salir de sus casas y de los edificios. Corrían de un lado para otro buscando a sus familias, mientras nosotros esperábamos a que la conexión a internet regresara para poder avisar a todos en Costa Rica que estábamos bien, pero más importante, para que llegara nuestro Uber.

Dos semanas antes habíamos experimentado ya un temblor fuerte en México, pero el epicentro fue tan lejos que en la ciudad no hubo consecuencias mayores y la diferencia entre la fuerza de este primer sismo con el del 19 de setiembre fue abismal.

En la acera con las maletas en mano y sin tener claro qué hacer, solo podíamos esperar. Pasaron 15 minutos y contra todo pronóstico, llegó el que todavía veo con alas de ángel.

          – Perdón que me atrasé, es que tembló. –Se disculpó el chofer.

Lo dijo con tanta naturalidad que fue imposible no reír un poco. Ya en el carro y camino al aeropuerto pudimos ver a la Ciudad de México golpeada y asustada, pero todavía no teníamos claro lo que había pasado y menos nos imaginábamos las consecuencias que tuvo.

El chofer encendió la radio y pudimos escuchar algunas noticias. Un señor llamó desesperado justo a la estación que estaba puesta y pedía a gritos ayuda porque estaba afuera de la Escuela Rébsamen y vio como todo un edificio había colapsado. Fue hasta ese momento cuando empezamos a tener una idea de lo grave que era la situación.

Al llegar al aeropuerto la situación era caótica. Algunos lloraban, otros corrían de un lado a otro y todos estábamos inmersos en nuestros celulares buscando señal para poder comunicarnos.  Fue hasta ese momento que pude contactar a mi familia y tranquilizarlos. Nosotros estábamos bien.

Los mensajes de todos nuestros amigos y conocidos se sentían como abrazos. Los celulares no paraban de vibrar y comprendíamos la preocupación que todos sentían por nosotros. Por estas muestras de cariño y amor siempre les voy a estar agradecida.

Nuestro vuelo a Guadalajara seguía hasta el momento en pie pero el aeropuerto y prácticamente la ciudad entera, estaba sin electricidad. Así que el retraso y cancelación de vuelos era de esperar. Afortunadamente pudimos checkear las maletas grandes y nos pasaron a una sala general donde teníamos que esperar por instrucciones en algún momento. Nadie sabía nada.

La mayoría de las tiendas del aeropuerto cerraron, pero pudimos tomarnos una cerveza en uno de los pocos restaurante que quedaron abiertos. Necesitábamos bajar un poco el ritmo y tranquilizarnos. El televisor del restaurante mostraba imágenes que parecían de una película del fin del mundo. Fue la primer vez que vimos en noticias como edificios completos colapsaron en cuestión de segundos. El sentimiento que se expandía entre las personas era de confusión y nadie podía creer lo que estaba pasando en CDMX. ¡Tan cerca de donde estábamos!

“Hoy, justo hoy. ¿Cómo pasó esto en la misma fecha”. Todos nos preguntábamos lo mismo.

Estando en el aeropuerto se activó nuevamente la alarma y nos evacuaron. Había alerta de réplica. Estuvimos dos horas esperando en una acera con el miedo de volver a sentir otro terremoto. Por dicha las réplicas fueron pequeñas y nos dejaron regresar al aeropuerto. Ahora solo podíamos esperar a que reprogramaran nuestro vuelo a Guadalajara. Adentro, el ambiente que se vivía era de ansiedad y cansancio. Poco a poco anunciaban los servicios que se iban restableciendo y la gente hasta aplaudía con esperanza.

A la par mía estaban sentados una pareja de señores mayores. Esperaban pacientemente por cualquier solución.

– ¿Es este el fin del mundo? – Preguntó la señora.

– No, pero se parece.- Respondió con toda tranquilidad el señor.

Este diálogo fue un resumen de lo que muchos pudimos sentir ese 19 de septiembre.

Casi a las 11 de la noche salió nuestro vuelo. En el despegue, por la ventanilla del avión vimos Ciudad de México prácticamente a oscuras y grandes reflectores de luz en varias partes de la ciudad nos avisaban que justo ahí, trabajaban equipos de rescate en los edificios colapsados. Las lágrimas fueron inevitables al sentir casi como una “huida” ese vuelo a Guadalajara.

Comprender que todo pasa por algo es difícil de digerir la mayoría de las veces. El porqué nos tocó vivir esta experiencia nunca lo sabremos en su totalidad. Hoy, tengo la certeza de que en el camino aparecen los retos necesarios para transformar, crecer y despertar.

El miedo se vence enfrentándolo. Recuerdo que desde muy pequeña he sentido un miedo inmenso por los temblores, así que esta experiencia fue como vivir una pesadilla que he tenido desde hace muchos años.

Y me tocó vivirla lejos de casa y de la familia. Lejos de mi lugar seguro. Me tocó vivirla en una ciudad tan grande que asusta. Me tocó vivirla con Carlos y a partir de ahí los dos juntos y por separado, transformar y aceptar.

La sincronía orquestó todo para que ese mismo día saliéramos de Ciudad de México y todo se alineó para que un minuto antes del sismo se asignara nuestro Uber. Si nos detenemos a pensar en cada uno de los eventos que sucedieron ese día, nos damos cuenta de que absolutamente nada estaba en nuestro control. Las cosas se fueron dando de la única forma en la que podía ser.

Cuando vivo desde el Alma conecto con la certeza de que estoy justo donde tengo que estar, y es aquí cuando puedo tomar cada situación que se presenta en la vida como una maestra. Puedo aprender con humildad, y sobre todo, gratitud.

El 19 de septiembre de 2017 será por siempre una fecha importante en mi vida. Sentí cómo una frecuencia de miedo se puede transformar en amor y compasión. Las miles de personas que ayudaron de una u otra manera se encargaron de transformar el dolor en luz y la confusión en paz.

El proceso continúa y Ciudad de México se recupera poco a poco. Mi corazón está por siempre con las víctimas y con las miles de personas que se vieron afectadas por el terremoto. Mi amor por este país y por los mexicanos es cada vez más grande y la gratitud con ellos es infinita.

A veces la transformación viene en forma de terremoto. Moviendo, desacomodando, quebrando, derrumbando todo. Y a veces, cada estructura que hemos creado y cada barrera que hemos puesto para bloquearnos a nosotros mismos, se caen con una fuerte vibración.

By | 2018-01-30T11:03:02+00:00 enero 30th, 2018|Historias|0 Comments

Leave A Comment