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Decido ser feliz en casa 

Son las once de la noche y hace mucho frío en San Gerardo de Dota. Mi hija de un año, mi esposo y yo estamos en la misma cama. Ellos descansan mientras mi mente no deja de pensar.

Después de un día de trabajo donde él se encargó de nuestra hija para que yo pudiera avanzar con las tareas, confieso que fui más efectiva en unas horas, de lo que soy a veces en días. Y es que trabajar en casa y ser mamá, tiene lo suyo.

Trabajo medio tiempo y la mayoría de mis tareas las puedo hacer desde la casa con mi pequeña hija. Las que trabajamos en la casa, somos mamás y tenemos horario flexible, saben que es todo un desafío.

Ella me persigue todo el día porque quiere que juegue con ella. Debo atenderla y no la puedo dejar en el encierro cinco horas. Una vez que me inspiro en alguna redacción o logro hacer una llamada, debo regresar a ella. Se despertó de la siesta, le toca la merienda, le toca cambio de pañal, quiere teta, o solamente, que le preste atención. Sin mencionar que hay que levantar la mesa, lavar platos, lavar ropa, recoger los cuartos, hacer comida y la lista puede continuar.

Me agota la dinámica, siento que no avanzo con mis tareas, que no soy suficientemente efectiva, que no hago ni una ni la otra. La culpa comienza a hacer nido en mis pensamientos. A robarme energía y paz.

Podría envidiar por unos minutos a las mamás que pueden tener un tiempo lejos de casa, conversaciones entre adultos, límites de horario, salir de la oficina y dejar el trabajo atrás, llegar a casa y a disfrutar de su familia. Pero la realidad es que esto también es agotador.

La culpa no solo nos toca la puerta a las que trabajamos en casa. La culpa también anida en los pensamientos de mamás que trabajan fuera y es entonces cuando compartimos sentimientos, tenemos algo en común. Y es que he escuchado a mamás sentirse culpables por que otros cuiden de sus hijos e hijas, por perderse etapas, por querer cambiar la realidad.

Trabajar y ser mamás es en la mayoría de casos necesario, caótico, un reto y un legado. Escribiendo sobre esto, recuerdo a mami y recuerdo el sonido de sus tacones al llegar de un día de trabajo y cambiarlos por unas chancletas para atender la casa.

Me siento orgullosa de ella y me siento orgullosa de mí.

Cuando la culpa toca, me hago la loca. Decido entre terminar una tarea o dormir una siesta. Entre revisar el correo o leerle un cuento. Entre lavar los platos o salir al patio.

Porque podemos ser felices afuera o en casa, es cuestión de decisión. Y yo, he decido ser feliz en casa.

By | 2018-01-22T10:08:18+00:00 enero 22nd, 2018|Historias|0 Comments